Una de tantas otras veces…

Una de tantas otras veces…

CV bien, revisado y modificado. Este es el quinto currículo que hago y aun así hay algo que no me cuadra… ¿Cuántas copias llevo?, creo que con dos o tres es más que suficiente.

¿Vestimenta? Formal, algo seria, pero siguiendo mi estilo, sin llamar demasiado la atención.

¿Apuntes sobre la empresa y requisitos para el puesto? Listo.

¿Dirección y horarios para llegar puntual? Comprobado.

Pelo, bien… en proceso… … mmm… más formal… ¿Por qué creo que mi pelo no es formal?

¿Por qué creo que se van a fijar en ese tipo de detalles? Mierrrrda!! No se queda como debería… ¡Este pelo me va a volver loca!…

Así, paso veinte minutos intentado domesticar mi pelo para que no se agite demasiado.

A ver, repaso mental: currículo impreso y completo con foto, objetivos claros, 5 puntos a favor y 5 puntos en contra (nadie dice la verdad en estas cosas), explicar por qué creo que soy la persona idónea para el puesto, sonrisa profident y, por último, mentalizarme sobre lo que puede o va a pasar… bufff!

Cualquiera diría que me estoy preparando para el trabajo de mi vida, pero no es más que otra entrevista de empleo a la que me tengo que presentar para conseguir un sueldo digno con el que sobrevivir. Presentarme a una entrevista de trabajo no debería suponer tanto desgaste a nivel físico y mental… Pero la situación cambia cuando intercambio la mirada con el espejo y quien me la devuelve es una mujer negra, a medias sonriente, pensando en que demonios hago tanto tiempo mirándome en el espejo cuando ya llego tarde a pillar el bus urbano. En fin, decido seguir adelante e intentar prepararme para el intercambio de frases y comentarios que suelen decirse en una entrevista de trabajo.

Tal y como una de mis personas favoritas dice, el trabajo se trata de una de esas ocupaciones significativas que proporciona bienestar y da sentido a nuestra existencia. En nuestro día a día tenemos muchas ocupaciones que nos completan y construyen como seres humanos: leer, hacer deporte, ver la televisión, escuchar o componer música, limpiar, ir al cine, tomarse unas cervezas, cuidar y pasear nuestra mascota, tener conversaciones trascendentales con personas simbólicas, pintar, salir, comer… También está el trabajo remunerado, ocupación que (la mayoría de las veces) permite lo disfrute de las demás.

Hay personas que tienen la suerte de trabajar en aquello que aman y permite que se desarrollen en diferentes campos; hay quien está luchando para llegar a eso; y luego están los miles de personas que se dedican a un empleo con el que no están muy conformes, pero lo llevan lo mejor que pueden.

Todo esto pasa por mi cabeza mientras me dirijo hacia la parada del autobús y veo a personas diferentes que se dirigen a alguna ocupación importante en su vida, y pienso en aquello que realmente me motiva y da sentido a la mía. Son muchas las cuestiones que me preocupan sobre el transcurso de la entrevista: cuáles son los requisitos del empleo, el ambiente de trabajo, el sueldo y los horarios de la jornada, cuáles son mis expectativas de esta experiencia y demás líos.

Y no sé por qué, de pronto, viene a mi cabeza una frase de mi sabia madre:

«Todas sois iguales, pero habrá quien te trate diferente. No por eso debes bloquearte ni ofenderte. Eres una española más, naciste aquí».

Esta es una de las frases que mi madre me decía de niña cuando llegaba a la casa de la escuela, despeinada y con heridas después de una pelea, cuando me insultaban con alguna cosa del estilo: chupachús de coca cola, conguito, morenita o color caca, entre otras. Ante esta imagen, ella intentaba hacerme entender que esa no era a forma de arreglar las cosas cuando alguien me molestaba y que no debería pelearme ante este tipo de ofendas:

«Ni se te ocurra pelearte! Aunque… eso sí: si te buscan, da también». Así hablaba mi madre. Río ahora al recordarme de ella, ya que era una de las pocas formas que tenía de inculcarnos, a mi hermana y a mí, la fortaleza para intentar esquivar o gestionar el racismo existente, y que aquello no fuera un impedimento que truncara nuestras esperanzas en el contexto en el que estábamos creciendo. Es cierto que mi madre no nació ni se educó en el seno de un país mayoritariamente blanco, pero vino aquí siendo muy joven y entiendo que, a su manera, también tuvo que enfrentar situaciones racistas por su mera inserción y participación en la España de los años 80 e intentaba hacernos saber que esa no era una buena manera de lidiar con el racismo viviendo en este país.

Hoy, como suele ocurrir muchas veces, me encuentro con el estómago revuelto. Sé que no es el trabajo de mi vida, pero mi experiencia como mujer negra en este mercado laboral y los estereotipos y perjuicios de este país, dibujan unas trayectorias rígidas y atemporales acordes a la melanina que posees y a tu aspecto físico, cosa muy dañina para quien la sufre y para el imaginario social en el que nos movemos.

Las malas experiencias en el ámbito laboral me motivaron a considerar eliminar la fotografía de mi currículo personal para comprobar si las cosas serían diferentes haciéndolas de este modo, o sí recibiría más contactos al esconder una de mis etiquetas más visibles: el color de mi piel.

Hace unos días me fijé en una noticia que leí y con la que me sentí demasiado identificada. El artículo en cuestión cuenta la experiencia de una chica portuguesa y una entrevista de trabajo a la que había enviado un currículo ciego. Cuenta cómo en la entrevista al ver su color de piel decidieron que el puesto no se ajustaba al perfil. La comenté con dos grupos de amigas, uno de personas racializadas afrodescendientes y otro de personas blancas. Pude constatar las grandes diferencias que nos separan como mujeres. El grupo de personas racializadas ya había pasado por ese dilema hacía años (muchos antes que yo), y en el otro grupo, sentí que era un tema que les tocaba muy de lejos: se sorprendieron por dicho acontecimiento, pero lo concibieron cómo algo “excepcional”.

Me parece tan injusto que no todas las personas tengamos las mismas oportunidades. Me refiero con esto a todas aquellas que estamos limitadas a incorporarnos o avanzar en la esfera laboral (en igualdad de condiciones) por la tonalidad de nuestra piel. ¿Por qué y cómo se legitiman estas categorías en las estructuras de la sociedad, si cómo dicen «las razas no existen»?

Las RAZAS NO EXISTEN, PERO LOS PRIVILEGIOS VINCULADOS Al COLOR DE LA PIEL Y A LA NACIONALIDAD SÍ.

Estoy un poco harta de todas aquellas personas que no paran de justificarme que, pese a poseer los requisitos que se solicitaban para un puesto, no fui seleccionada porque realmente estaban buscando a una persona con la misma filosofía e intereses de la empresa, las mismas normas culturales o una misma fisonomía. (que en este país son totalmente heterogéneas, pero solo interesa remarcar las que portan ciertas personas)

Llegó el momento en cuestión… Ahí estoy yo. Frente al portal. Inspirando profundamente… y no paran de sudarme las manos. Durante una fracción de segundo dudo en subir o no. Ya creo saber cómo va a ir la cosa. Sin pensarlo, timbro y abren la puerta. La cita es en el primer piso pero voy en ascensor para hacer un último repaso mental y reunir fuerzas.

Llamo a la puerta y abre una chica con una sonrisa agradable, mientras me deja pasar. Llego a una sala muy iluminada en la que soy examinada por ocho pares de ojos que vienen a hacer lo mismo que yo (todas ellas blancas, excepto yo, si eso sirve de algo). Después de un rato, sale una chica y dice mi nombre en alto. Inspiro, espiro, espiro… bufff

Y ahí está la secretaría con una cara… Daría 5 euros por sus pensamientos en este momento.

Y ahí está el entrevistador, revisando mi currículo mientras achica los ojos…¿le faltan las gafas o hay algo que no le cuadra?

— ¿De dónde eres?

— De aquí. Sino recuerdo mal, lo pone en la parte de arriba del documento que tiene.

-Ah, ya, ya veo.

– ¿Y dónde naciste?

— Aquí, en Galicia.

— Muy bien… bien… ¿Tienes nacionalidad española?

— SÍ.

— Bien, … ¿Y tú origen… “realmente” de donde es?

Me tomo unos segundos para contestar, pues sé lo que espera escuchar el entrevistador. No creo que esto sea relevante para el caso en cuestión, pero respondo lo que quiere escuchar.

— Mi origen (al igual que la de mis padres) es extranjero.

Juraría que incluso me pareció escuchar un pequeño suspiro de alivio por parte del entrevistador. Claro, estaría pensando: «Ah, vale. No es realmente española ..»

La conversación se dirige ahora hacia las experiencias que poseo y los idiomas que domino. Ahí vamos…

— ¿Qué lenguas hablas? ¿Entiendes y hablas bien el gallego y el castellano?

– Sí, totalmente.

— Vale. Este es un puesto de atención al cliente y nos gustaría encontrar a alguien que domine el idioma y pueda comunicarse bien con los clientes. Como tal tienes que dar una imagen (¿IMAGEN DE QUE?,PIENSO YO) y saber gestionar los incidentes que ocurran y aportar soluciones a la medida. Buscamos personas formadas que tengan un perfil serio en la empresa hacia el público, no sé si entiendes a lo que me refiero…

— No, no entiendo a lo que te refieres. ¿Puedes ser un poco más específico?

En ese punto da comienzo un discurso superficial acerca de los valores de la empresa y las personas que la componen y trabajan en ella. Dejo que hable mientras imagino que lo que quiere decir es que no doy el perfil esperado.

Terminamos el encuentro con un apretón de manos y la promesa de contactarme si creen que son la persona idónea para el puesto.

Salgo de la entrevista como tantas otras veces, decepcionada por mi interlocutor y la manera de dirigir la entrevista; triste, porque se me presuponen ciertas actitudes y comportamientos; y al mismo tiempo enfadada, por la falta de valentía para decirme directamente a la cara que no soy la persona idónea porque soy NEGRA y no creen que dé cierto perfil.

Me voy pensando en todas aquellas personas que, como yo, están asistiendo a diferentes entrevistas en diferentes lugares y siendo rechazadas por una herencia que es firmemente estigmatizada en la sociedad española.

No quieren que hables de razas ni de racismo, «no existe», dicen. Y te hacen creer que vives en una suerte de utopía intercultural donde dichos conflictos son meras pájaras mentales tuyas o argumentos victimistas para justificar tu falta de esfuerzo.

No existe la discriminación, no se vulneran los derechos humanos de nadie y todas somos iguales, bla bla bla …

Nada más lejos de la realidad, basta con salir a la calle, ir a la compra, a clase o a una entrevista de trabajo para que todas aquellas cosas que se niegan caigan por su propio peso. ¿Las negras, donde estamos?

Señoras y señores, digan conmigo lo que todas las personas racializadas ya sabemos:

ESPAÑA SÍ QUE ES RACISTA,

AL IGUAL QUE SUS NORMAS, CÓDIGOS SOCIALES Y LEYES

QUE SIEMPRE PENALIZAN A LAS MISMAS PERSONAS.

La siguiente vez irá mejor. Eso me digo una vez más.

 

Sonia Mendes da Silva

Gallega-caboverdiana nacida en Burela (Lugo) hace 30 años. Socióloga y postgraduada en Migraciones Internacionales y Mediación Intercultural en la UDC (A Coruña). Miembro de Afrogalegas e interesada desde muy joven en todas aquellas cuestiones vinculadas a temáticas raciales y migratorias. Su trabajo de fin de carrera y Máster se centraron en la comunidad caboverdiana afincada en Burela y los procesos de movilidad social en todos estos años de residencia en la comarca gallega.

 

 


[1] https://www.facebook.com/ocupacions.significativas/

[2] https://www.voaportugues.com/a/filhos-de-imigrantes-africanos-mas-que-nasceram-e-cresceram-em-portugal-enfrentam-racismo-institucional/4450023.html?fbclid=IwAR2_1gnK1JWH9_EtTCoEkJBK5WWef6wdNqeNLMyDm82UMeHW-1JzhLlwyd8

 



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